El melanoma uveal es el cáncer ocular primario más frecuente en adultos, aunque se considera una enfermedad poco frecuente. Una nueva guía clínica recoge las recomendaciones más actuales sobre cómo evaluar la extensión del tumor y estimar el riesgo de metástasis, aspectos fundamentales para planificar el tratamiento y el seguimiento de cada paciente.
Uno de los principales cambios es la recomendación de utilizar la 8.ª edición de la clasificación del American Joint Committee on Cancer (AJCC) para determinar el estadio del tumor. Este sistema tiene en cuenta características como el tamaño y el grosor del melanoma, la afectación del cuerpo ciliar y la presencia o no de extensión fuera del ojo. Estos factores permiten estimar el riesgo de que el tumor se disemine a otros órganos a lo largo del tiempo.
La guía también pone de relieve el valor de las pruebas de imagen en el momento del diagnóstico. Para evaluar la extensión local del melanoma se recomienda realizar exploraciones oculares y una resonancia magnética de la órbita. Además, desde el inicio debe descartarse la presencia de metástasis mediante estudios de imagen, prestando especial atención al hígado, el órgano donde con mayor frecuencia se localizan las metástasis del melanoma uveal. Para ello se aconseja realizar al menos una ecografía hepática, aunque la resonancia magnética es la técnica preferida cuando está disponible. En algunos casos también puede ser necesaria una tomografía por emisión de positrones (PET-TC) o una tomografía computarizada (TC) de tórax, abdomen y pelvis.
Otro aspecto destacado es la creciente importancia de la biología molecular. Siempre que sea posible, se recomienda analizar el tejido tumoral para identificar alteraciones cromosómicas y genéticas que ayuden a predecir la evolución de la enfermedad. Entre ellas destacan las alteraciones en los cromosomas 3, 6 y 8, así como la presencia de mutaciones en los genes GNAQ y GNA11, frecuentes en este tipo de melanoma.
La guía también señala que la expresión de determinados biomarcadores, como PRAME y BAP1, puede aportar información adicional sobre el riesgo de desarrollar metástasis. En pacientes con enfermedad metastásica, además, se recomienda estudiar otros genes, como SF3B1 y MBD4, ya que estos resultados podrían influir en la elección de futuros tratamientos.
En conjunto, estas recomendaciones refuerzan la importancia de combinar la información obtenida mediante las pruebas de imagen y los estudios moleculares para ofrecer una evaluación más precisa del pronóstico de cada paciente. Este enfoque permite adaptar el seguimiento de forma individualizada y facilita la toma de decisiones terapéuticas basadas en el riesgo de progresión de la enfermedad.
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